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January 26 Un niño enclenque
UN NIÑO ENCLENQUE
Érase una vez un niño, poquita cosa el. Moreno, pelo encaracolado, una mancha de pecas que le corrían de mejilla a mejilla desfilando cual batallón de hormigas por el puente de la nariz, unas largas pestañas que eran codicia de todas sus tías y unos ojos negros enormes. Era un niño introvertido, hasta el punto de que sus padres siempre lo creían enfermo. Lo suyo era jugar con sus madelman debajo de la mesa del comedor, le gustaba estar allí por que era el único sitio de la casa por donde nadie podía pasar y molestar su pequeño mundo (obviamente). Este niño tenía a su padre como un Dios interpretado hombre. Un padre que a su vez poco veía, pues eran tiempos muy duros aquellos, y eran cinco los hermanos que poblaban aquella pequeña y urbanizada tribu. Pero aun así, y a pesar de ser un hombre severo, siempre tenia unos minutos para meterlo en su cama y contarle un cuarto de capitulo de cualquier cuento, leído o inventado. Lo llevaba al fútbol los domingos, le compraba un gorro de cartón para protegerlo del sol con los colores de su equipo (azul celeste) y si ganaba lo llevaba a la pastelería del barrio y le daba una ración extra de milhojas... si perdía derechito para casa. Aunque a el, no le importaba quedarse sin su extra de pastel...es mas, su cara era una foto cabreada y reducida de la que su padre llevaba cuando su equipo perdía. Otra cosa que le gustaba a ese niño enclenque era ayudar a su madre a preparar la comida de su viejo los sábados. Ya que como dije; eran tiempos duros y el trabajaba toda la semana. Se autoproclamo encargado de supervisar dicha comida y de que no faltara nada: el guiso de carne metido dentro de la pequeña olla de porcelana remachada, y envuelta cariñosamente en un trapo de cocina para conservar el calor, el cual y al mismo tiempo servia de servilleta, la gaseosa y el cuartillo de vino, el pan, y la manzana...-mama, que te olvidas de la manzana-, le recriminaba enfadado a veces a su madre. Después atravesaban la ciudad en el tranvía y aun bajaban un buen trecho andando hasta llegar a orillas del mar... al astillero donde su padre trabajaba. Le gustaba verlo asearse antes de comer en el viejo lavadero de piedra, ver su cuerpo delgado, correoso y duro con aquella camiseta de asas, siempre de un blanco inmaculado que puntualmente su madre se encargaba de tener. Le gustaba pasear por el astillero con el y atender a las explicaciones que le daba sobre las cuadernas, barranganetes, mechas de timón, etc. Le gustaba ver como su padre acariciaba las soldaduras de la chapa y le decía en una mezcla de profesionalidad y cariño –Ves hijo, ni un poro, así es como se hace una buena soldadura-. Aunque su verdadero gozo consistía en mas tarde, poder presumir ante su amigo Miguelito de que su padre hacia unos barcos enormes, ignorante en su edad, de que en realidad era uno más de los 300 trabajadores de la plantilla del astillero. Y un buen día, o mejor dicho... una mala noche, una semana antes de su primera comunión, las cuatro de la mañana despertaron a la familia, y la familia lo despertó a el. Su abuela le dijo: –Vamos hijo, levántate que vas a dormir a casa de tus tíos- - Porque? – - Porque lo digo yo- (en aquella época era la explicación más común, y más larga, que se le daba a un niño). Ya en casa de su tía y una vez acostado junto con uno de sus hermanos, con los ojos muy abiertos intentando comprender en la oscuridad, le echo valor y formulo una pregunta de la cual sabía la respuesta, y a pesar de temer oírla... quería oírla - ¿Porque dormimos hoy aquí?........ - Porque papa se murió, y ahora duérmete- Su pequeño mundo salto en pedazos en ese momento, aquel niño introvertido y aparentemente enfermo, se volvió más introvertido si cabe, y enfermó de verdad. Hasta el punto que dos semanas después de su minusválida comunión (que se hizo a pesar de todo, pues asi lo quería su padre), aparecieron por su casa unos tíos suyos que venían de una lejana y extraña tierra. Venían para llevarse al niño, argumentándole a su madre que ella tenia otros cuatro que criar, que el niño estaba enfermo, que ellos no tenían hijos, que lo cuidarían como tal, y que recibiría la mejor de las educaciones, para así volver siendo un hombre. Y así fue,... así acabo su infancia. En aquel Dodge-Dart que traqueteaba al compás de Jorge Cafrune y llorando desconsoladamente mientras dejaba atrás a su madre, sus hermanos, a su amigo Miguelito y a su querido padre, al mismo tiempo que oía como le decían: –Allí no están tus hermanos, pero si un perro muy bonito-...aunque, ese ya es otro cuento.
Fredo En Vigo a 26 de Enero del 2007 Comments (17)
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