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January 08 A buen puerto
A BUEN PUERTO Asombrado me contemplo a mi mismo de pie en el húmedo muelle, dedicándole un ultimo adios a la “Heidi”. Ese barco que estuvo amadrinado a mi vida durante once largos años. Y que nunca imagine hacerlo de esta manera... carente de todo romanticismo Muchas veces pensé en esa despedida, y me veía retirándome de la mar en ella, exonerándome con la mantecosa sensibilidad que te dan los años y la maceración tenaz de las neuronas. Y a lo mejor incluso, con una lagrima mitigando los anchos y profundos surcos de una mejilla cavada por el tiempo, la sal, y las penas de la vida en la mar. Sintiendo el regusto amargo de la melancolía del adios en la boca como tantas veces; un sabor este, siempre abarloado al alma del marino, como rémora a la piel de los grandes peces, producto de tantas y tantas despedidas a pie de muelle. Siempre imaginaba un último adios sentido y expresivo, lo que nunca imagine es que este pudiera ser tan...indiferente, aséptico y desteñido. Ahora en casa, sentado frente al ordenador, en las horas en las que, el silencio, el café y el cigarrillo narcotizan los ojos y estimulan el alma. Repaso once años, con una compañera que me cuido, protegió, y me sintió crecer como marino y como hombre. Una compañera que me sonreía confiada mientras los duros mares del atlántico norte la golpeaban inmisericordes. Una compañera que me acuno en las noches de calma. Una compañera con la cual su trabajo y el mío nos proporcionaron, a los dos, años de reconocimiento y lustre; y aun a sabiendas que juntar nuestras almas no iba a ser más divertido que juntar nuestros cadaveres. Eso me hace reflexionar, que hay ocasiones en las que unir los esfuerzos no sirve para otra cosa mas que para mezclar el sudor, y que en el supuesto que la fidelidad fuese un madero al que agarrarnos para no ir al fondo. Lo más probable seria, que en esa tabla de salvación, nosotros, sólo pudiésemos ser el pesado lastre que la hundiese sin remedio. Enciendo otro cigarrillo, dejo de teclear y zurzo sus rincones. Me siento en la misma proa que sirvió de cojín de sueños, y en donde sestee mis nalgas tantas veces disfrutando de la noche, las estrellas y el dulce olor de la soledad infligida. Entro en su puente, agarro con firmeza su timón y cabalgo sobre blancos borreguitos de espuma amamantados por la lejana visión de los recuerdos. Escucho aullar el viento en sus stays, y oigo sus quejas cuando los pantoques golpean con airado desden, el seno de una ola. Rindo mi solitario cuerpo sobre el catre de ese camarote; arropando mis sueños, mis logros y mis frustraciones en el ocre color de su almohada, mirando el techo y viajando ingrávido en azules volutas de humo incineradas. Mientras, y poco a poco voy arrojando mis temores en el calido útero del sueño. Y acabado el café y el cigarro de la madrugada, solo me queda desearte compañera, que quien guíe tu madurez lo haga con la misma energía y cariño con la que yo tutelé tu juventud. Y que al final tus viejas cuadernas descansen sempiternas en ese fondo que tantas veces busco tu frustrada vocación de submarino. Pues es allí donde deberían descansar todos los barcos que por su nobleza llevaron siempre a buen puerto, a los marinos que en el anidaron.
Fredo En Vigo, a 8 de Enero del 2008
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