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November 08 Pompas de sudor
Ya sé que no está bien visto reivindicar la masculinidad, pero yo me siento orgulloso de ser hombre, de que me gusten las mujeres que lleven menos de dos semanas enterradas y de que me huela a cebra el sudor. Temerosos de ser rechazados por el lobby feminista, muchos hombres reniegan de su condición masculina y proclaman abiertamente que su sueño habría sido ser madres y amamantar a los niños y al caniche. Incluso hay hombres que se avergüenzan de sus instintos más primitivos o elementales y prefieren ocultarlos. Se revisten entonces de los sutiles modales de las mujeres y a veces se comportan con una cobardía estudiada que los haga parecer más sensibles, mas delicados y menos varoniles. Se vuelcan luego en la cocina y en las compras, aprenden costura y miran el calendario de la liga de fútbol con disimulo, como si mirasen a hurtadilla el calendario de la ansiada menstruación. No alardean jamás de su vigor físico, por temor, supongo yo, a que se les note que son más masculinos que sus mujeres. Por la tarde se sientan en el sofá a revisar los álbumes con las fotos de la boda y de las comuniones de los niños, y al anochecer se sientan a cenar evitando el odioso machismo de ocupar la cabecera de la mesa. Por último, se meten en cama con sus parejas y practican el sexo pasando de memoria las páginas de un jodido manual espermicida en el que se advierte a los hombres de lo interesante que resulta sustituir el empuje por la reflexión y relegar los instintos en función de anteponer una mezcla de delicadeza y cortesía que solo las mujeres fingidas y algunos sacerdotes suelen encontrar estimulante. Como dice mi amiga S., "a mí los hombres me gusta que al revolcarse en cama el sudor de la espalda no les haga pompas de jabón". A mi realmente estas cosas de las feministas me traen sin cuidado, pero después de darle algunas vueltas en la cabeza, he llegado a la conclusión de que muchas de esas devotas señoras lo que pretenden para los hombres son las cualidades que admiran en las mujeres varoniles de las que ellas con frecuencia suelen enamorarse. Tal vez sirva de algo recordar otra de las cosas que me dijo mi querida S.: "Que te haga el amor un hombre que acaba de tender la ropa, no es lo mismo que te lo haga el tipo exultante y algo primitivo que viene de partir un camión de leña", entre otras razones, porque "siempre resulta odioso acostarse con un tipo blando y reverencial que se disculpa por haber resoplado por las narices durante el orgasmo, como si la flor de un cactus se hubiese tirado un pedo de "Chanel" entre tus piernas". Yo jamás tuve esos problemas y no me ha ido mal en la vida. Naturalmente, tuve suerte con las mujeres. Nos metimos en cama y cada uno actuó como se lo pedía el cuerpo. Sin más. Nos salvó siempre carecer de complejos y actuar al margen de normas y de recetas. A lo mejor es que he tenido la inmensa fortuna de dar con mujeres que lo más femenino que esperaban de mi era que les ayudase a deshacer la cama y que me portase luego con una mezcla de elemental delicadeza y ruda masculinidad, tal vez -no me importa reconocerlo- como un poeta con el ácido e inequívoco sudor de un buey. J.L.Alvite
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