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August 17 Paraisos lejanos ( I )PARAISOS LEJANOS ( I )
En mi última entrada hablaba de una isla muy cercana a casa y en la que tengo pasado momentos inolvidables. Hoy me gustaría hablar de otra no menos estupenda y en la que pase también situaciones no menos imborrables, aunque entre ellas le separen tres lustros y 1800 millas náuticas de océano Atlántico.
Corría el año 1991 por aquel entonces, y yo estaba al mando de un pesquero que, (como muchos otros) tenía nombre de mujer; Makus se llamaba, un nombre duro para un barco duro
Teníamos doce mas una singladuras en la mar, cuando una importante avería en el motor principal nos obligo a aposentar los hierros durante treinta días en la Isla de Sao Vicente, una de las islas del archipiélago de Cabo Verde. Archipiélago este incrustado en pleno intestino del Trópico de Cáncer cual rémora seca en piel de un escualo. La isla en si, no es gran cosa paisajisticamente hablando; volcánica y con muy poca vegetación o casi ninguna, donde un clima tropical y seco te sacude la cara y los sentidos así como cojes el abrigo del islote “Dos Paxaros” y pones proa del Este, para doblar puntas de seguido y hacer entrada en el puerto de Mindelo.
Una bella ciudad colonial portuguesa de blancas casas y bermellos tejados coronados por las numerosas torres de sus iglesias se abre ante ti, así como metes toda la caña a Babor y dejas tras tu estela, la roja de la escollera.
Los diez primeros días pasaron como suelen pasar la mayoría de las estancias en puerto de los marinos: en medio de mañanas ajetreadas arreglando papeleos con autoridades, pagando tributos a toda clase de cuervos y fauna carroñera muy abundante en estos países, arreglo de aparejos, marineros colgados de guindolas pintando palos etcetera. Tediosas tardes de largas siestas y cigarrillos a la sombra del puente, seguidas de melancólicas noches de bares junto a mercenarias compañías.
Hasta que un dia, un cocinero mas aficionado a subir faldas y bajar bragas que a los pucheros, y un marinero que no entendía de relojes ni horas de guardias; me obligaron a sentarlos en una avioneta, y con un mas sentido adios por parte de ellos que de este que suscribe; despacharlos para su casa, con medio cheque y nota adjunta.
Sin tardanza, pues no sabíamos cuando llegarían por fin las piezas de España, y en que momento saldríamos a la mar, enrole a dos bragados pescadores de color, nativos de una aldea próxima a Mindelo. No de oficio, pero si de sal, ya que desde los cinco años como me dijeron, se dedicaban a la noble labor de dar de comer a los suyos con los productos de la mar artesanal.
Y estando una tarde sentado en la regala de babor, acompañado del nostramo y de un fino sedal que de cuando en vez subía excitado por la picadura de un par de salmonetes, se me acercaron estas dos nuevas promesas...”Xose” se llamaba el uno y “Guillerme” el otro, y con su raro acento africano-portugués me dijeron:
- Capitán, en mi aldea mucho salmonete y lenguado. Le gustaría venir?-
Excusaron de repetir la invitación, pues al dia siguiente a bordo de una desvencijada camioneta Ford gentileza del consignatario, y con mi contramaestre compartiendo sudor y botella de agua mineral, cruzamos trece kilómetros de abrasadora carretera, sin más compañía que un implacable sol y algún huérfano arbusto de aloe. Y sin mas vida que el naufrago lagarto, que adormilado sobre una de las innumerables piedras de basalto observaba curioso nuestro paso.
Eran las nueve de la mañana cuando contemplamos aquella media luna en medio de piedras y arena...una increíble playa de aguas color turquesa, con un arrecife maradentro que dibujaba una fina línea blanca marcando frontera entre la mar oceánica y el paraíso.
A su izquierda y bajo un acantilado, al abrigo de los húmedos vientos del sueste un grupo de casas de adobe, unos arbustos, alguna palmera y media docena de barcazas formaban el escenario de la humilde y hermosa aldea de Sao Pedro. Nada mas enfilar el pedregoso camino que nos acercaba a ella, un enjambre de crios felices y perros dichosos oficiaron de escolta, reduciendo a leve murmullo el traqueteo de la vieja Ford con sus ensordecedoras risas y ladridos. Lo que mas recuerdo de aquellos primeros momentos en ese escondido paraíso, fue el color. Color en todo lo que me rodeaba: en la luz, en la brillante piel de ébano de los lugareños, en los llamativos vestidos de las mujeres, en las pinturas tribales de aquellas barcazas, en las telas que a modo de puerta contrastaban el ocre y frío color del adobe...paleta de pintor y risas, olor a sal y humo...!Que maravilla por dios!, solo el recordarlo.
El recibimiento que nos hizo el cacique del pueblo acompañado de toda su corte de vejestorios, mas nuestros dos marineros y el resto de la comunidad; fue mas acorde con el de un estirado comandante (así me llamaban), que el de un simple patrón de un pesquero español, engalanado para tal evento solamente con unas sandalias, un pantalón corto, y una pañoleta sobre la cabeza a modo de pirata berberisco.
Y mientras el groko (aguardiente local) quemaba nuestras gargantas, el cacique no paraba de hablar en su jerga criolla a una velocidad tal, que mi única salida era asentir complacido, y con una sincera sonrisa, soltarle de vez en cuando, un...!Ta ben! cada vez que el cogia aire para respirar.
Tras quince minutos aguantando estoicamente la verborrea del susodicho, y tan rápidamente como se había formado aquel cortejo... ¡se deshizo!. Quedando en breves instantes en medio de aquella arenosa plaza mayor, nada más que: un servidor, su contramaestre, los dos marineros nativos y el hijo de uno de ellos, además de un par de escuálidos canes de raza indefinida...
...Pero fiel a mi compromiso de folio y medio por entrada, y si a vuesas mercedes no les importa...lo dejare para otro momento.
Fredo
En la mar a 17 de Agosto del 2007
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